Vivimos en un mundo un tanto desconectado de las emociones. Se nos ha enseñado que no debemos guiarnos por la emoción, sino por la razón, que no se pueden tomar decisiones emocionales. Se nos ha enseñado por ejemplo que llorar es impropio o poco profesional, que debemos ser fuertes. En definitiva, se nos ha educado a anularlas. Y sin embargo ambas, razón y emoción conviven juntas en un mismo cuerpo y un mismo cerebro.

Más allá de estas creencias heredadas socio-cultural y a veces familiarmente, hay aprendizajes propios que han podido contribuir a esta separación.

Así, hay personas a las que se tacha de demasiado sensibles, a veces incluso la expresión de su dolor ha sido interpretada como manipulación, así que han aprendido a callar a cambio de no obtener rechazo (en realidad, estas personas suelen tener experiencias traumáticas que les han hecho más sensibles).

Hay personas que han vivido situaciones de maltrato donde expresarlas o sentirlas podía traer consecuencias peores, así que su propio cerebro se ha encargado de apagarlas como forma de supervivencia.

 O personas expuestas a la visión del maltrato que han aprendido que el fuerte es el que sobrevive. También personas que han optado por no mostrar sus emociones para no preocupar.

Pero, ¿por qué no debemos tratar de anular la emoción?

-Primero: porque las emociones, junto con los pensamientos y las sensaciones, forman parte del ser humano como una respuesta natural ante acontecimientos vividos.

Hoy en día, los avances en neurociencia ponen base científica al saber popular. ¿Por qué no debemos tomar decisiones emocionales? Porque efectivamente no podemos pensar bien en esos momentos.

Sabemos que cuando sentimos una emoción negativa intensa, hay una parte de nuestro cerebro, la amígdala, que se pone en funcionamiento apagando el cerebro racional y haciendo que no podamos pensar.

Y tiene sentido ¿verdad? Hace que actuemos de forma refleja, no pensada, garantizando así nuestra supervivencia.

¿Y con esto qué estamos diciendo? Pues que por una parte, si esas emociones son muy intensas no podemos pensar bien, pero por otra parte, sin esas emociones, no podríamos protegernos ni sobrevivir.

Y esto me trae a la mente una noticia de actualidad donde se ha comprobado que los países que mejor han resuelto la pandemia del coronavirus estaban liderados por mujeres.

Así es, mujeres, que como también dice la creencia popular, tienden a incluir más la parte emocional en sus decisiones.

¿Y cuál es la conclusión? Pues que debe convivir la emoción junto a la razón en la dosis justa para que ninguna anule a la otra sino que la enriquezca ¿no?.

 Si tratamos de anular una, vamos en contra de la evolución de la especie y nos vamos a volver más torpes y primitivos.

-Así que ésta sería la segunda razón: porque las emociones nos ayudan a la supervivencia, nos hacen más sabios y nos humanizan.

-Y aquí llega la tercera razón, esta más dirigida al ámbito clínico: porque aunque nos empeñemos en apartarlas, de alguna manera saldrán, a veces con depresión a veces con ansiedad.

Otras veces a través del cuerpo con alguna enfermedad, porque están ahí, existen aunque las tapemos, y encontrarán alguna vía alternativa de escape para que escuchemos.

El problema es que cuando hemos vivido situaciones traumáticas, experimentarlas se complica. Las emociones de dolor se vuelven más intensas como forma de protección; cada nueva situación, por pequeña que sea, cobra mucho más poder de hacerte daño.

Tu cerebro ya tiene una ruta, una experiencia vivida y te avisa con más dolor para que te protejas antes.

Las alarmas saltan con rapidez y apagan otras áreas del cerebro, impidiendo que se integre la información y se regule la respuesta.

El trauma les ha robado resiliencia (capacidad de adaptación, frente a una situación adversa).

Y ahí es donde reside el problema, el cerebro me avisa antes y yo cada vez tolero menos.

Así que mucha gente se queda atrapada en una depresión o cualquier otro problema psicológico de forma crónica por no arriesgarse a estar peor.

Esto es porque temen que si se dejan sentir tanto dolor, tal vez se hundan del todo y no puedan regresar. Y tienen toda la razón para sentirse así, su sensibilidad está a flor de piel.

Tal vez podríamos hacernos esta pregunta: ¿Qué más necesito sentir que no me estoy dejando sentir para encontrar la salida, para poder salir definitivamente de esto? ¿De qué me protejo?

En las crisis de angustia suele ser del miedo a experimentar el miedo físicamente.

En la depresión de sentir tristeza y todas las emociones alrededor de pensamientos como “no valgo” o “no importo”.

En la obsesión (victoria de la razón frente a la emoción) del miedo a sentir, así mientras ando buscando respuestas racionales sigo sin enfrentarme a sentir, a mirar adentro, por miedo a qué encontrar y a desbordarme.

En el apego evitativo (esas personas con dificultad para permanecer en pareja sin perder la emoción) del miedo a volver a sentir una vez más el dolor del abandono.

Por el claro convencimiento de que si se muestran tal cual son, no gustarán.

En la enfermedad psicosomática cuando estoy sordo, porque no escucho a mis emociones de otra manera, cuando no he aprendido a cuidarme por diversas causas, cuando hay trauma.

Y así podríamos seguir hablando de tantos problemas emocionales…

¿Pero cómo salir de aquí?

Conclusiones

Quizás lo que debemos hacer es un aprendizaje para conciliar todo, dejarnos sentir lo que tengamos que sentir y poder llegar a estar bien aun cuando lo estemos pasando mal.

¿Y cómo hacer a partir de ahora para dejarnos sentir si tenemos tanto miedo?

Podemos irnos entrenando poco a poco en emociones, a pequeñas dosis.

En realidad esto es algo que se debería entrenar desde la infancia, igual que se nos enseña a lavarnos los dientes.

Primero entender por qué nos hemos protegido de ese dolor y no criticarnos por ello. Esas protecciones nos han ayudado a sobrevivir, a llegar hasta aquí a pesar del daño.

Después meditando, pero no con un audio guiado, quédate en silencio contigo mismo 10 minutos al día y escucha, sigue la pista de cualquier mínima emoción, pensamiento o sensación negativa que hayas tenido en el día y sigue su huella hacia atrás.

¿Con qué te conecta? ¿En qué otro momento has experimentado algo parecido? ¿Cómo te sentiste, cómo lo archivaste en tu cabeza? Detecta el daño primigenio y acompáñalo de forma segura, a pequeñas dosis.

Sin juzgarlo, con presencia, con compasión, como quien acompaña a un amigo en un funeral, que no trata de liberarle de su dolor porque no puede, pero tampoco sale corriendo, sino que se queda y ofrece su hombro para que el peso sea más liviano.

La meditación con compasión es lo único que hoy en día ha demostrado (a través de neuroimagen) que ayuda a integrar un cerebro desintegrado y por tanto desregulado.

Aprendiendo a mostrar tu vulnerabilidad, también a pequeñas dosis, con alguien de confianza que te de seguridad, o a través de las artes, la escritura, la pintura, el cine, lugares donde está permitido hablar de emociones universales.

Practicando yoga o pilates, escuchando a tu cuerpo. Fíjate cómo el dolor de una postura, cuando se mantiene sin oponer resistencia, se va calmando y transformando en sensación de bienestar.

Y sobre todo, dejándote sentir lo que necesites sentir en cada momento y mirando tu dolor con compasión, sin tratar de escapar de él, sin tratar de sentir algo distinto a lo que estás sintiendo porque NADA DE LO QUE SIENTES ESTÁ MAL.

A veces lo único que podemos hacer es no empeñarnos en separar o aislar la tragedia de la felicidad sino dejar que convivan juntas puesto que eso es la vida, una mezcla de emociones positivas y negativas.

Aunque al final de la vida, cuando miras atrás, casi siempre encuentras más motivos de felicidad que de infelicidad.