La aceptación de la existencia de un climaterio masculino ha llevado a separar a los investigadores en dos bandos: los que aceptan su existencia y los que la niegan.

Según Kurt Mendel, el primero que habla de un climaterio se da en algunos varones con: sofocos, andanadas de calor, sudoraciones profusas, insomnio e irritabilidad que acompañan a dificultades sexuales.

¿Qué es el climaterio masculino, existe o no existe?

Definimos al climaterio como declinación brusca de los niveles de hormonas sexuales y la consiguiente pérdida de la capacidad de reproducción. Bajo esta definición, el climaterio masculino no existe.

Pero si, puede en algunos casos haber un declinar sexual, en sentido amplio,  acompañado por todo un contenido emocionalmente y social como etapa de cambio, entonces ahí sí podemos aceptar su existencia.

Es verdad que la producción gonadal declina gradualmente a partir de la adolescencia y en verdad nunca se agota del todo, persistiendo durante toda la vida.

Permanece la actividad espermática aún por encima de los 80 años y actividad sexual en edades que bordean los 85, siempre que no existan incapacidades orgánicas agudas o crónicas.

¿Cómo influye el contexto psicosocial en el hombre?

Si bien el varón no se encuentra sujeto a esas modificaciones que ocurren en la mujer, sí lo está en cuanto al contexto psicosocial que deriva de su condición de hombre.

En una sociedad que le exige competir diariamente y donde continuamente siente amenazas de su seguridad y valía, lo que puede influir negativamente sobre su desempeño sexual.

El varón está sometido a fuertes presiones en esta etapa de la vida, ya que por un lado está la familia con sus necesidades económicas.

Por otra parte, las exigencias y responsabilidades inherentes a su trabajo, donde no sólo deberá competir con otros hombres, que al igual que él, intentarán superarse y superarlo, sino también los jóvenes que tratan de abrirse camino.

Las mujeres, también han experimentado un cambio en el último cuarto de siglo y compiten de igual a igual, en casi todos los campos.

En muchos hombres esta edad puede significar una etapa de inseguridades, de temores, de dudas, de un continuo replanteo entre lo hecho y lo por hacer, entre lo logrado y lo que podrá lograr.

Puede resultar en una visión negativa y mermar la capacidad de lucha para enfrentar con éxito las situaciones que se dan en el entorno, lo que puede derivar en una sensación de menoscabo sexual.

Si existe una tendencia a poner, en un examen la virilidad,  el primer fracaso, puede marcar el inicio de su disfunción primero cognitiva, que certificará su fantasía, irreal, por lo tanto, de agotamiento.

Hablemos de la respuesta sexual…

Las mayores diferencias que se dan al comparar la respuesta sexual de jóvenes y los mayores están en relación con la duración de cada una de las fases que componen dicho ciclo de respuesta.

Así vemos que la erección, como también el acoplamiento y la eyaculación, se cumple de manera rápida en el joven y más lentamente en algunos hombres de edad, sobre todo después de los 60 años.

El período refractario, que se halla en la fase de resolución una vez lograda la experiencia orgásmica, se ve prolongado a medida que el individuo sobrepasa los 60.

Esto no influye negativamente en el desempeño de la actividad sexual y se observa con frecuencia que en aquellos individuos que presentan una vida marital normal con coitos de frecuencia regular, esta actividad se mantiene satisfactoriamente.

¿Cuánto tiempo transcurre entre una erección a otra?

Por regla general, el hombre que ha superado los 60 años se satisface con 1 o 2 orgasmos semanales independientemente de las exigencias de su compañera o de las oportunidades que pueda tener.

No obstante, existen casos cuya necesidad coital es mayor. Hay casos de hombres de más de 60 años que son capaces de repetir la experiencia orgásmica a las pocas horas y, ocasionalmente, antes de completada una hora.

La recuperación de la erección, es decir la capacidad para desarrollar una nueva erección, suele suceder entre 12 y 24 horas de producida la eyaculación.

Muchos hombres mayores de 50 años suelen tener un retorno a la erección relativamente rápido, aunque no existe urgencia eyaculatoria.

En tales circunstancias pueden satisfacer las necesidades sexuales de sus compañeras no presentando interés alguno en volver a eyacular.

El tiempo en que el hombre joven puede llegar a la erección completa está considerado entre 3 a 5 segundos.

La misma erección, la primera que se establece como consecuencia de un estímulo erótico sobre el organismo, se duplica a los 60 y en algunos casos se triplica en aquellos que tienen entre 60 a 70 años.

Si bien el hombre de edad es más lento para desarrollar una erección completa, una vez alcanzada se mantiene durante un largo periodo antes de la eyaculación, no importa la diversidad ni la efectividad de las técnicas de estimulación.

Esta capacidad de poder mantener una larga fase de meseta constituye un elemento importante en el desempeño sexual de la pareja pues da un tiempo considerable a la mujer para que la mujer alcance el clímax.

Este grado de control eyaculatorio sólo puede alcanzarlo el hombre joven a través de un adiestramiento orientado a tal efecto, o evitando el excesivo acúmulo de tensión sexual como consecuencia de variaciones en la técnica de estimulación.

Por el contrario, nada de esto es indispensable para el hombre de edad ya que esta capacidad de controlar la eyaculación se cumple independientemente de la variedad o efectividad del estímulo sexual.

Esto es el resultado de la intensidad de la respuesta sexual y de una mayor experiencia, los que sumarían sus efectos brindando la posibilidad de alargar el periodo de meseta.

Habiendo estado el individuo en erección completa y perdida ésta sin haber eyaculado, puede en algunos casos, resultar dificultoso lograr nuevamente la erección.

Se entraría, en lo que los autores denominan período refractario secundario.

En realidad, esta erección completa se obtiene a menudo en los momentos que anteceden a la experiencia eyaculatoria.   

El placer psicosexual puede verse disminuido a pesar de ser igualmente satisfactorio y el mismo esquema eyaculatorio, que como sabemos se cumple en dos etapas, puede reducirse a sólo una o aparecer otros esquemas eyaculatorios.

Por otra parte, la posibilidad de que en esta edad aparezcan impedimentos físicos agudos o crónicos hacen que tanto la capacidad como la actuación sexual se vean influenciadas directamente por esa eventualidad.

Pero en condiciones normales la actividad sexual se mantiene siendo el factor más importante la regularidad en el desempeño de esta práctica.

Se ha podido comprobar que quienes en sus años anteriores tuvieron una actividad sexual adecuada, mantienen altos los niveles de expresión sexual en su madurez.

Aun si por razones circunstanciales ha habido largos períodos de abstinencia, los sujetos de este grupo pueden recuperar la función sexual efectiva bajo condiciones de estimulación que resulten operativas.

En conclusión

Una experiencia sexual activa hasta los 70 u 80 años debería ser lo habitual, situación ésta que no solo es patrimonio del hombre sino también de la mujer.

Alrededor de los 50 años esto puede transformarse, cuando una enfermedad física aguda o crónica y algunas de las mentales debilitan la capacidad sexual de la persona, lo cual puede ser temporal o definitivo.

Pero al margen de los aspectos físicos, una serie considerable de situaciones puede bloquear la relación sexual de la pareja aun cuando anatómica y fisiológicamente ambos cónyuges no presenten problema alguno.

Quizá deberíamos darle un primer lugar a la monotonía de las relaciones sexuales que forman parte de una mala estructura de la pareja y que, si bien durante la juventud puede ser tolerada, se hace insoportable en la edad adulta.

En estos matrimonios la sexualidad no maduró y se fue desgastando junto con la relación interpersonal.

En otros casos, la mujer se deja absorber por el cuidado de los niños y del hogar y no enfrenta la relación sexual con el mismo interés con que lo hiciera durante su juventud.

Poco a poco el varón va sintiéndose desplazado, decae su propio interés y termina convenciéndose de que su vida sexual ha llegado a su fin.

Otras veces es el hombre quien frente a la lucha que le obliga a competir con otros se siente acabado y su masculinidad pasa a segundo plano, por lo cual se resiente su sexualidad y es la esposa quien queda con sus deseos sexuales insatisfechos.    

Las buenas parejas, aquellas que han vivido su vida en común con plenitud y madurez, ven conservada su actividad sexual en la edad avanzada.

Es común que esta relación sea más sentimental en esta edad y el hecho de poder ejercerla sigue dando a la vida un sentido creativo.

La prematura cesación del funcionamiento sexual puede acelerar la vejez psicológica y fisiológica pues el desuso de cualquier función natural lleva necesariamente a la decadencia de las demás funciones.

Después de la menopausia las mujeres pueden encontrar en la continuación de las relaciones sexuales un refuerzo psicológico, una sensación de ser necesarias y de ser capaces de recibir cariño y amor y renovar así la intimidad que antaño deseaban y las hacía sentirse seguras.

El aspecto transcendental y vital de la relación sexual, que a la par de ser una reafirmación de la propia existencia y una fuente de placer y bienestar, constituye una forma más de comunicación de la pareja.

Ya nadie duda de que la perdida de deseo sexual no tiene que ver con la edad del sujeto sino con su personalidad e historia individual, ya que la sexualidad no puede ejercerse en un clima de prejuicios, culpas e inhibiciones.

Por otra parte, parecería que la actitud de la gente hacia la edad consistiese en considerarla como una enfermedad y no como una etapa de la vida, y tratar a las personas mayores como si fuesen casos de anormalidad.

Debe tenerse en cuenta que es una parte de nuestro ciclo de vital y esto debe enseñarse desde la niñez.

Sólo de esta manera la edad madura será aceptada como una etapa que sigue teniendo la posibilidad de ser creativa y vivida plenamente e incluso con su propia vida erótica.

Siguiendo el modelo de Masters y Johnson, debe haber deseo sexual, seguido de excitación, meseta y orgasmo.

Por supuesto las hormonas tienen un rol en el deseo, pero lo psicológico, es al menos tan importante como lo anterior, para tener una vida sexual activa.

Referencias

-Gabriele Froböse, Rolf Froböse, Michael Gross (Translator): Lust and Love: Is it more than Chemistry? Publisher: Royal Society of Chemistry, ISBN 0-85404-867-7, (2006).

-W. H. Masters, V. E. Johnson: Human sexual response. Boston 1966.